Salvemos la tierra

A partir del siglo XV la noción de una tierra esférica comenzó a adquirir una certidumbre  demostrada luego por los navegantes europeos de los siglos posteriores.

Recién en el siglo XX, la humanidad conoció la tierra desde el espacio. Ese planeta poderoso, muchas veces reconocido como el centro del universo, apareció ante nuestros ojos como una pequeña y frágil esfera azul – apenas una mota – flotando entre cientos de miles de millones de estrellas y galaxias, en el espacio infinito. Tal vez en ese momento, advertimos que esa era nuestra única casa.

No hace demasiado tiempo también comprendimos que la Tierra tiene 4.600 millones de años de antigüedad, de los cuales se habían necesitado más de 1.000 millones de años para la aparición de la vida, y cerca de 3.600 millones años de evolución, desde el limo del océano primitivo,  para la aparición del homo sapiens – el hombre – y el inicio de la huella humana en esa esfera única.

Si reducimos los 4.600 millones de años, un espacio de tiempo inconcebiblemente vasto para una vida humana, a la cifra más manejable de 46 años, entonces el hombre moderno está en el mundo desde hace apenas cuatro horas, y la revolución industrial comenzó hace solo un minuto.

Durante estos 60 segundos de tiempo biológico, la población humana se multiplicó hasta alcanzar proporciones exorbitantes y se consumió los recursos del planeta para obtener combustibles y materias primas, y causó la extinción de innumerables especies de animales y plantas que lo habían antecedido en la historia planetaria de la vida.

Buscamos el origen de la vida en la Tierra en otros planetas y se destruyen, al mismo tiempo, los ecosistemas de la vida que nos rodean y que proveen las condiciones de existencia saludable.

Debemos buscar para salvar la Tierra, para salvarnos, una nueva relación del hombre con la naturaleza, que equilibre nuestras necesidades humanas con los derechos de ella.

Quizás esta visión haya evidenciado, definitivamente, la urgente necesidad que tiene la humanidad para encuadrar sus actividades en el marco planetario, sin alterar excesivamente su equilibrio.

Desde el origen mismo de la vida, el destino del hombre y la naturaleza han estado indisolublemente ligados. La naturaleza puede vivir sin el hombre; pero el hombre no puede sobrevivir sin la naturaleza. Salvar el planeta, en consecuencia, plantea salvar nuestra propia extinción.

Hoy, que hemos llegado a reconocer que la humanidad es sólo una parte de la biosfera – tan dependiente de ella como el resto – la ecología debe convertirse en una

prioridad ineludible de todos los sistemas económicos. Para ello, es indispensable la transición de una visión antropocéntrica del mundo a una visión biocéntrica.

El hombre cada día se multiplica e irrumpe en más sitios para satisfacer sus ambiciones y necesidades, de manera que arrasa con la naturaleza. Esta expansión material del hombre es a veces un desarrollo negativo, un progreso hacia la muerte, y debemos controlarla. De lo contrario, podría llegar a producirse la sexta extinción masiva de seres vivientes sobre la tierra; esta vez, como consecuencia del “desarrollo”.

La Tierra está amenazada como nunca lo estuvo antes. Cuidarla no es una opción adicional, sino el mayor reto con que nos enfrentamos en la actualidad. El tiempo para ello se está agotando. Si no lo hacemos, las generaciones futuras nos reprobarán por la deuda ecológica que les hemos legado. Un planeta degradado ecológicamente degrada al hombre, ya que el bienestar físico y moral de éste depende la salud de su ambiente.

Aún no sabemos si podremos salvar la Tierra de nuestra arrogancia e insensatez. Las considerables heridas que le hemos infligido todavía pueden ser curadas; la Tierra puede ser salvada de más destrucción. Pero si queremos que así sea, debe ser ahora. De lo contrario, no podrá hacerse nunca.

En el caso del agua, desde hace mucho tiempo que los expertos acuáticos piensan que cualquier nuevo componente que se vierta en nuestros mares o ríos, debe considerarse potencialmente letal, hasta que se demuestre su inocuidad. Debemos tener especialmente en cuenta que el agua dulce constituye sólo el 1% del agua de la Tierra; y la mitad de ella no es potable. La carencia de agua potable y la escasez de agua ya afecta la vida de millones de personas. Una asombrosa proporción de enfermedades y muertes prematuras en los países del Tercer Mundo se debe al agua de consumo en malas condiciones. Se calcula que 25.000 personas mueren diariamente por beber agua contaminada.

Un río es como una cinta transportadora de la naturaleza que arrastra volúmenes de agua a lo largo de su curso. Es necesario comprender que los arroyos, los ríos y los lagos forman una parte integral del ambiente global. Sin embargo, cada vez se ensucian más – por culpa del hombre – las corrientes de agua dulce, a través del derrame de grandes cantidades de contaminantes en sus cursos. Este se ha considerado como el inevitable precio – ciertamente lamentable – que había que pagar por el desarrollo industrial.

La contaminación y destrucción de ríos, lagos, glaciares y otras reservas de agua,, constituye uno de los factores primordiales de la crisis global del medio ambiente que amenaza a nuestros recursos básicos de los que depende la vida. Entre algunas de las medidas que habría que tomar, para que esa amenaza desapareciera, debe combatirse la contaminación a través de decisiones eficaces que controlen los elementos contaminantes en su lugar de origen, antes de que lleguen a las aguas de los ríos y arroyos. Cuando se ataca un contaminante en su origen – en el proceso que lo genera – se lo puede eliminar; una vez que se ha producido, ya es demasiado tarde para eliminarlo.

En este sentido, es fundamental que se preste apoyo las organizaciones ecologistas y de consumidores, que luchan para que la sociedad tome conciencia y para que esas reformas se lleven a cabo. Es decir, se debe lograr que la sociedad, en general, comprenda que el agua destinada al consumo humano, de animales y para riego debe llegar en condiciones saludables.

De ahí que la idea de la responsabilidad personal aparezca cada vez con mayor claridad en toda prescripción ecológica. Una considerable cantidad de gente tendrá que enrolarse voluntariamente en la tarea de liberar la Tierra – y a nosotros mismos – de nuestras peores tendencias. La responsabilidad personal se presenta, por ende,  no sólo como responsabilidad hacia nuestros hijos y hacia las generaciones futuras, sino también hacia las obligaciones inmediatas para con quienes nos ha tocado compartir esta breve residencia sobre el planeta. La responsabilidad personal viene a reducirse, en último extremo,: a estar dispuestos a ponernos en pie de lucha, en nombre de la Tierra y de las generaciones futuras. O, como se ha dicho muchas veces, se trata de vivir con más sencillez, para que otros puedan sencillamente vivir.

De lo que tenemos que tomar conciencia ahora, en consecuencia, es que mucho antes de que se acabe el petróleo y escaseen alarmantemente las preciadas materias primas, habrán desaparecido – o se hallarán irreparablemente degradados – los sistemas básicos en los que se apoya la vida en la Tierra (el aire limpio, el agua pura, los suelos con capacidad para renovarse y los bosques), a no ser que cambiemos nuestra forma de actuar.

Poner en practica una política ecológica, significa tratar la vida con imaginación e inteligencia; conocimiento y emoción; responsabilidad y cultura.

En resumidas cuentas, sólo tenemos un planeta en que habitar. Hasta hoy no se ha descubierto ningún otro planeta que sustente la vida. Por eso, somos – o deberíamos ser – los más eficientes administradores del único sistema conocido capaz de albergar la vida de este exclusivo oasis, en un universo aparentemente estéril e inhóspito.         

En suma: sin aire y  sin agua no hay vida posible. La Tierra posee ambos recursos y es nuestro hogar. Nuestro único hogar. Salvémosla ya.

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